PANORAMA GENERAL
México
ha apalabrado cerca de 300 millones de dosis de vacunas para sus casi 128
millones de habitantes, lo cual lo convierte en el sexto país del mundo (sin
contar la Unión Europea) que más dosis ha comprometido con las compañías y
consorcios internacionales de vacunas.
No
será sino hasta abril de 2022, si todo sale de acuerdo al plan de las
autoridades federales, que se terminará de vacunar a las casi 117 millones de
personas que
se tienen como población objetivo. De acuerdo con un análisis de Bloomberg a
51 países (y la Unión Europea), mientras que Estados Unidos ya está cerca de
las 14 millones de dosis aplicadas, y China de las 10 millones, México había
aplicado 330,000 al 14 de enero. De hecho, en cuanto al número total de dosis
aplicadas, México está en el número 14 de los países registrados, y en el lugar
42 de dosis aplicadas por cada 100 habitantes.
Eso solo sucederá,
además, si logran cumplir con el calendario. Tan solo en La Ciudad de México,
tendrían que aplicar más de 26,000 dosis diarias en el transcurso de tres meses
para cubrir a los 2.4 millones de adultos mayores que viven en una de las zonas
urbanas más densamente pobladas del mundo. Y si se trata de la vacuna de
Pfizer, como fue en la etapa 1, eso es solo la mitad del cuadro completo de
vacunación, porque requiere de dos dosis.
La
velocidad promedio a la que se vacunó a las y los trabajadores de la salud en
el periodo del 24 de diciembre al 9 de enero (sin contar los dos días en los
que no aplicaron vacunas) fue de 5,342 vacunas diarias, según datos de la
Secretaría de Salud. Esto es menos de las modestas 6,000 dosis diarias que se
propusieron como meta para esta etapa.
Pero el plan de vacunación no está a la altura
del esfuerzo por asegurar los viales y
la velocidad de aplicación debe aumentar considerablemente.
Las autoridades deberían tener prisa por vacunar a la
población de un país con más de 133,000 muertes: el cuarto del mundo por total de casos acumulados y el quinto en casos por millón. Estos números son elevados a pesar
de que México es uno de los países que menos pruebas hace, con 0.17 pruebas por cada 1,000 personas al 12 de
enero (en Estados Unidos, 4.59; en Reino Unido, 8.75), y aún después de
continuar reduciendo el número de pruebas por cada caso confirmado desde que
comenzó la pandemia.
DEBATE DE LA VACUNACIÓN
Como ya vimos anteriormente en otros post, las vacunas son
sumamente importantes pero a que costó, quiero debatir sobre el posible papel de un tipo especial de
ensayo clínico para investigar la eficacia y seguridad
de las vacunas, cuyo uso podría acelerar la generación de un
conocimiento riguroso y vital para el control de la pandemia.
Los llamados ’ensayos clínicos de
provocación’ para la
investigación con vacunas (ECP, Human
challenge trials for vaccine development, en inglés) son estudios experimentales de
infección en humanos. Investigan si una hipotética vacuna contra un agente
causal de una infección concreta, administrada a voluntarios, los defiende
frente a la posible infección cuando esta es provocada experimentalmente al
exponerlos al microbio. Es decir, si los protege, no frente a la adquisición
natural de la infección en sus condiciones de vida diaria, sino de una manera
artificial bajo las condiciones de un experimento controlado. De ahí el término
“provocación” o challenge.
Si hablamos de hipotéticas vacunas frente al coronavirus,
debemos contestar la pregunta de si la vacuna es segura, es decir, si una vez aplicada a seres humanos
sanos no produce efectos adversos o secundarios inaceptables. En definitiva, respetar
el principio de no hacer daño.
Si los resultados son positivos. Además de s
eguir generándose
información sobre seguridad (por ejemplo, en función de las diferentes dosis de
la vacuna) lo esencial es conocer si la supuesta vacuna es eficaz, si logra
lo que se persigue:
inducir las defensas adecuadas frente al microbio patógeno.
El diseño de los ensayos clínicos de provocación para el
desarrollo de vacunas no entraña grandes dificultades desde el punto de vista
científico; las hay, pero son abordables. El “pero” ¡y es un gran pero!, es que
genera un debate bioético.
Esta pandemia nos está haciendo reflexionar sobre
múltiples aspectos de nuestra vida personal y de la vida en comunidad. Nos va a
plantear muchos dilemas, en el ámbito social, económico y político. Por
supuesto, también a los profesionales de la salud, a los investigadores. No puedo acabar sin hacer un gran énfasis en
que debemos ser capaces como ciudadanos
y como sociedad de exigir que las
vacunas sean accesibles a todos los habitantes de este planeta.


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